Queridos lectores ( y autodenominados fans abandonados):
La redacción de las Crónicas está conciente de que la cantidad de polvo acumulada sobre la computadora desde donde se escriben dichas Crónicas no es correspondiente a un par de días abandonada en una estación (ilegal por cierto) de peseros afuera de una estación del metro de la Gran Tenochtitlán, ni tampoco reminiscencias de algún trabajo de construcción en el Nopaltamento, sino simplemente (en palabras de Sánchez Baquedano) al más puro y cruel de los abandonos. Así como el chahuistle cae de vez en cuando sobre los nopales en el campo, así fue que a las Crónicas les cayó encima la cotidianeidad que no deja mucho que narrar. En vista de diversas amenazas de olvidar estas crónicas, empezar a leer el TV y Novelas e incluso de formar un sindicato (una vez más idea de Sánchez Baquedano) que realice manifestaciones que pudieran colapsar el tránsito de dos cuadras de la ciclopista y aprovechando que de nuevo nos cruzamos el Río Bravo, aquí estamos de vuelta con nuevas aventuras de sus Mojados Business Class favoritos.
Antes de comenzar la narración de nuestras nuevas aventuras en tierra (¡Ahora sí!) yankee, la redacción aprovecha este espacio para mandarle un saludo con mucho cariño a las antecesoras y antecesores de todos aquellos lectores que mandaron mails, llamadas y hasta recaditos en Facebook (ya no hay moral) reclamando el paradero de “su” crónica que hasta el día de hoy todavía no tiene patrocinador, accionistas (con riesgo latente de ser embargados por hacienda si la redacción debe impuestos) o de menos entusiastas de la cooperacha que aporten de menos un peso pal plumero necesario para desempolvar la computadora.
Una vez aclarado el punto bienvenidos a nuestras nuevas aventuras desde la ciudad que nunca duerme, la tierra del Bagel, el Hotdog, Frank Sinatra y el pretzel callejero: Nueva York.
La llegada a Nueva York realmente fue fantástica, el vuelo estuvo (para sorpresa de Valdés Riveroll y yours truly) de lo mejor, claro que en buena parte la calidad del vuelo se debió a que cambiamos millas, pilones y promesas de riñones sanos con la aerolínea y conseguimos venirnos en Business class. El pobre Jinx fue al que le tocó venir por carga y aún con todo y pasón (¿a poco creen que lo íbamos a traer en sus cinco sentidos? ¡Si somos buenos padres! Proveímos a nuestro hijo con drogas suficientes como para traer a un elefante cantando “Lucy in the sky with diamonds” por varias horas) el pobre llegó con cara de “ya ni la friegan”. Debemos confesar que esperábamos el cruce de aduanas fuera una pequeña tortura, cuál fue nuestra sorpresa cuando los oficiales de aduana al enterarse que la jaula tamaño perro mediano no contenía un perro sino al enorme Jinx, nos dijeron (cito textual): ¿Qué traen? ¿Es un gato? ¡No me importa un carajo! Pásenle. De nada sirvió que Jinx llevara hasta su pasaporte con foto y huellita de manos mutantes, ni tuvimos que enseñarlo y menos cuando los oficiales de aduanas se enteraron que el minino en cuestión había nacido en Boston, igual que al güero le toco al Jinx su welcome back home.
La instalación inicial nos llevo varias semanas. Las primeras semanas no las tuvimos que pasar en un estudio tamaño alacena durmiendo en colchón inflable gracias al Tío Freddy y a la Tía Pat que se apiadaron de nosotros y nos dieron chance de caer en su departamento (con todo y bigotón), así que pasamos dos semanas en el Upper East Side (en palabras de mi abuela: un barrio muy popofudo) en compañía de Donaldo que es un encanto y es el gerente de la tienda que los Tios Freddy y Pat tienen en esta ciudad. Salvo por un pequeño incidente (que nos dejó una secuela de gastritis dragónica) de la pérdida y recuperación de la maleta con las computadoras y todos nuestros documentos (Valdés Riveroll tuvo a bien ¡dejarla en el Taxi!), las primeras semanas transcurrieron entre compras de colchón, muebles y enseres para el hogar, así como la mudanza de todas las nuevas compras al nuevo departamento.
Muchos de ustedes no lo saben pero tuvimos que rentar el nuevo departamento a ciegas, lo que nos clasifica como unos absolutos cafres en estándares neoyorkinos. Encontrar un lugar para vivir en esta ciudad no es tarea fácil, usualmente los departamentos de buen precio son tamaño dedal y los de tamaño decente rentan por una fortuna. En nuestro caso, la búsqueda de lugar donde vivir se redujo a aceptar o rechazar el departamento que nos ofreció Columbia University (donde Fede estudia su maestría), con la salvedad de que nunca vimos fotos del departamento. Nuestra única guía fue un mapita de la composición del departamento con medidas aproximadas. Después de consultar con la H. Arquitecta-Prima María, quien calificó el departamento como un “Palacio” comparado con cualquier otro lugar para rentar por la cantidad ofrecida por Columbia, decidimos decir que sí a ciegas. Cuando les platicamos a nuestros amigos de acá que habíamos rentado a ciegas nos vieron con cara de condenados a muerte y nos desearon que no fuera un mini departamento con ratas viviendo en la cocina. Para nuestra suerte, el Châteaux Nopale (permítanos el muevo mote del departamento, que después de ver otros lugares estamos de acuerdo con María, esto es un palacio en comparación) es un departamento de una recámara, amplio, en segundo piso, con buenas ventanas, vista al parque (lleno de árboles de cerezo que se llenarán de flores en la primavera) cocina y baño decentes y que se inunda de sol por las tardes. En resumen: nos sacamos la lotería inmobiliaria y estamos encantados viviendo en el Châteaux Nopale.
Gracias a que la Universidad tuvo a bien requerirle a Valdés Riveroll que llegara a la mitad del verano para un “curso de inducción”, mismo que consistía en practicar inglés hablado y escrito y del cuál liberaron a Fede en media hora después de oírlo hablar dos oraciones en el idioma de Shakespeare, pudimos disfrutar de un mes del verano neoyorkino cual adolescentes. Hace mucho que no teníamos la posibilidad de echarnos en el pasto a contemplar las nubes por horas (y sudar la gota gorda porque el calor y la humedad estuvieron de vaporera para tamales) y de tomarnos el tiempo de recorrer la ciudad con calma. Pasamos un verano perdidos en la tranquilidad que sólo puede tenerse cuando no hay que hacer y lo único que importa es si la cerveza está bien fría.
Si a este punto no se mueren de envidia, déjenme decirles que rematamos el verano con visitas de Don Gastón y Fer quienes vinieron al U.S. Open y tuvieron a bien no sólo llevarnos a ver los partidos de semifinales y finales, sino consentirnos con cenas fabulosas en los restaurantes franceses de aquí que les dicen quítate-que-ahí-te-voy a los de París. La pasamos increíble con los visitantes y tuvimos la oportunidad de escuchar la versión en jazz del clásico de la música vernácula: “Jalisco”. Sí, leyeron bien, la versión jazz. Una noche saliendo tarde del estadio de tenis nos dirigimos a un restaurante tipo bistro en la calle 57 que sirve hasta pasadas las once de la noche. Contrario a la cultura popular derivada sin duda de la canción que cantaba Frank Sinatra, los restaurantes (o de menos los cocineros) sí duermen y cierran la cocina a las once de la noche, así que o logras ordenar antes de esa hora o te das a la nada fácil tarea de buscar algún lugar 24 horas menos gacho que MacDonald’s. Este bistro llamado Seppis es una de esas raras excepciones que acepta comensales hasta las 2 de la mañana y tiene la decencia de servirles comida deliciosa pasadas las once. Pues bien, llegamos como jauría de lobos hambrientos a Seppis donde nos recibieron con música de jazz y un whisky tamaño infame para Don Gastón (cortesía de los meseros latinos que le dieron lo que quedaba de la botella con hielo, sin importar que quedaba como un cuarto de litro). La música estaba realmente buena pero el momento cumbre de la cena fue cuando cambió el ritmo por un sabroso chunta, chunta y de pronto escuchamos al cantante entonar un entusiasmado: Ay Jaliscou, Jaliscou, Jaliscou tu tieneis tu nouvia qui es Guadalajeraaaaaaaaaa. Yo me quedé viendo a mis suegros con cara de no es cierto, pero sí la banda de jazz le daba duro al piano, el bajo y las percusiones al ritmo del chunta chunta y cantaban “Jalisco”. Yo nunca, pero nunca en mi vida me imaginé que la música vernácula pudiera ser entonada por un gringo (de menos no fuera de Cancún y después de miles de Coronas), a ritmo de jazz y en un restaurante tipo francés en Nueva York (¡eso es globalización!), pero así fue y terminamos la cena al ritmo de “AAAAAAAYYYYY Jaliscou nou ti erajes”.
Como todo en la vida, el verano llegó a su fin oficialmente hace unos días. El clima ya cambió en la gran manzana y los árboles comienzan a cambiar de color, ya anda uno con suéter y el viento no tiene la calidez de los meses pasados. Valdés Riveroll ya está de lleno en la Universidad y tronándose las neuronas como nunca. Su escritora favorita se ha dedicado a hacer del ocio un deporte profesional y a disfrutar de todo lo que tiene que ofrecer esta ciudad, Jinx decidió que si no podía en contra del encierro perpetuo (es Manhattan no hay jardín. Que diga que le fue bien y vino con nosotros) mejor se unía a la onda del gato doméstico y duerme feliz todo el día por las esquinas del Châteaux Nopale.
Lo bueno de no tener un trabajo “convencional” (ando de abogada/traductora/escritora independiente, o ¿qué? ¿creían que me iba a quedar sin que hacer? ¡Si soy hiperactiva!) es que permite dedicarse a cualquier tipo de actividad, desde recorrer la ciudad hasta hacer casting para salir de extra en la siguiente película de “Sex and The City” (experiencia que tendré que narrar en la siguiente crónica que esto ya parece la epístola de Melchor Ocampo) y buscar el lugar donde venden el mejor hotdog (los de carrito dan buena pelea). Así que pueden contar con que estas crónicas volverán a sus irregulares entregas con nuestras aventuras en Nueva York.